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La pena máxima

Una invitación que no se puede rechazar es una trampa. Esa nota la tomé luego de que la Gendarmería me parara en la calle y me invitara a dar fe en un allanamiento que duró 13 hs. Al principio me divirtió un poco ver esa fauna de personas de la Afip, Aduana, Gendermaría, etc. hasta que me di cuenta que no podía irme aunque quisiera. Afuera llovía, estaba mal abrigado, adentro uno hablaba de que estaba orinando sangre, otro verdugueaba a los allanados, y así. Pero la ley así lo indicaba, aunque sufriera.

La metáfora de la baraja o de los dados ilustra bastante bien el lugar que el azar tiene en nuestras vidas. Un buen día salís de tu casa, vas pensando en un amor, en una canción y un auto en la esquina al que se le cortaron los frenos, te embiste y te pone en el mute total. Rápidamente nos damos cuenta que es azar de un lado y determinismo del otro. O lo que es lo mismo: hay cosas que no podemos evitar/controlar.

Nos enteramos con pesar y dolor que apareció muerta la chiquita que estaba desaparecida desde hacía unos días y que de alguna manera su caso había logrado posicionarse en todos los noticieros como tema central desde hace varios días (y ahora es un irónico tag en tuiter). Hoy mi colectivo hizo una parada en Bell Ville, y en un parador de mala muerte vi su foto junto a la de Maria Cash. Lamentablemente sabemos que cuando alguien desaparece por tanto tiempo, los finales se parecen.

Veo en los noticieros y en las redes sociales que la gente se indigna, pide pena de muerte, salen nuevamente los discursos de mano dura a pedir lo de siempre, cuando la hipótesis fuerte parece que fue un ajuste de cuentas contra el padre de la chica. Entonces no sería un caso de inseguridad o algún tipo de variable estrictamente social (aunque el padre está preso) sino un caso particular donde los sujetos han decidido a sabiendas lo que hacían. Sobre todo si se confirma lo que parece acerca de los “mensajes” dejados en el cuerpo de la víctima.

Que esto “no vuelva a ocurrir” es imposible. Volverá a pasar, desde hace miles de años las personas se vienen asesinando unas a otras, cometiendo las peores atrocidades imaginables, a veces no se trata de desigualdad, de falta de oportunidades (recordemos el caso Bragagnolo), también existen otros motivos bien pueriles como el dinero, la traición, y los prejuicios potenciando el azar (recordar el caso del chico que se escapo de sus captores y los vecinos se lo entregaron de vuelta). Y está avalado con estadísticas, ya lo dijo Zaffaroni acerca de las causas de muerte en el país: primero tenga cuidado al cruzar la calle y andar en auto, luego de uno mismo de no deprimirse y matarse, luego de su gente cercana, que no lo maten sus allegados y en cuarto lugar el asesinato por desconocidos.

Y para estos casos las sociedades democráticas han encontrado a través del sistema de Justicia una respuesta ( tag “tinta roja” del blog). No se debe recurrir a los discursos que deslegitiman a la Justicia, es comprensible la sensación de salir a dar talionazos por todos lados, pero si algo hemos aprendido como sociedad (y nos han enseñado las Madres y Abuelas) es que la Justicia no debe ser vindicativa, la Justicia humana es imperfecta, funciona no en un el tiempo deseable, pero la mayoría de las veces llega. Ya tenemos experiencias de abolición de instituciones y conocemos sus consecuencias. Obviamente que es sencillo hablar sin estar viviendo en carne propia lo que otros están, pero ese no es argumento, si para todo se necesitara experiencia nunca se podría hablar o hacer.

Por lo pronto y hasta que haya un poco más de luz sobre este caso, los medios deberían tener mesura y no abalanzarse como cuervos sobre los cuerpos aun calientes, recordemos el caso del falso ingeniero y su carpetita, recordemos cada becerro de oro que ha aparecido y ha formado columnas que luego resultaron oprobiosas. Recordemos que cada vez que se ataca a las instituciones democráticas, un mensaje es enviado al telégrafo del museo militar más cercano a su domicilio.


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Un cuarto para los doce


Confieso que después de las elecciones en Capital Federal y hasta el domingo,  estaba un poco preocupado. La preocupación tenía un tinte cartesiano. Me pregunté si gran parte de todo lo que había venido pensando y sintiendo desde hacía  mucho tiempo, ideas relacionadas a un modelo de país más solidario, más inclusivo, más corajudo, no fuese una ilusión solo compartida con amigos y algunos personajes del mundo político, artístico, etc. Quizás los avances no habían sido tantos o tan sólidos y la prepotencia de trabajo no había dado sus frutos. Temí que el tiempo histórico pudiese estar jugando una treta desagradable, por unos instantes sentí lo que se siente cuando pasa algo que no se ve venir, como la novia que ya hizo el duelo y te da el parte de tu salida de la casa.

Me gusta pensar que lo real y la realidad son cosas distintas. Podríamos decir que la realidad es un algo heterogéneo que se nos presenta múltiple, verosímil, aprehensible de a ratos, enigmática gran parte del tiempo pero sobre todo, modificable. La realidad es construida, es delimitada por el Poder, por los discursos. Cada uno tiene gran protagonismo en la parte de realidad en la que vive. En cambio lo real se presenta con descaro, sin miramientos, con la determinación con la que un inmortal cruza sin mirar una autopista.

Yo dudé de la convicción marxista de que la imposición de los hechos materiales determinaran la conciencia de los ciudadanos, de que aquellos que antes tuvieron hijos para la muerte temprana, hoy tengan un pequeño atisbo de esperanza, de que los viejos jubilados por gracia del Estado, no pudieran ver a quienes marcaron otras maneras de entender la vida que gobierna el país. Porque básicamente es otra manera de ver la vida. Agradeceré por siempre la educación pública que recibí, las escuelas bravas a las que fui, a esa sociedad neuquina súper politizada con la que tomábamos colegios para no aceptar la Ley Federal de Educación, a las frías (muy frías) mañanas que acompañábamos a los obreros de Zanón, etc. Uno tiene a la Izquierda en el corazón, pero es un vicio adolescente que se deja cuando se abren un poco los ojos a la complejidad. El Ideal del Yo si bien es un motivador, un empuje hacia delante, es también un gran inhibidor. En muy recomendable libro de Feinmann, “El Flaco”, el autor además de adjudicarle la muerte de Mariano Ferreyra al mendigador de votos (¡que vergüenza!) “Altamoria” (en ocasión de haber asistido al programa de la caballesca vedette) cuenta muchas conversaciones con Néstor. Gran parte de sus diferencias giran entre las “manos limpias” del intelectual y las “manos sucias” del político que tiene que construir Poder y gobernar. La noche anterior a que Néstor descolgara el cuadro de Videla, lo llamó a Feinmann y le contó lo que pensaba hacer. Feinmann le dijo que era una locura, que no era el momento, que no estaban dadas las condiciones. Y Néstor le dijo que si esperaba a que estuviesen dadas las condiciones, eso no se haría nunca, y que si no lo obedecían, él mismo lo bajaría. El resto es historia conocida.

Este domingo, un poco más del 50% de la población (la mitad y un poco de cualquier cosa ya es para respetar) se pronunció a favor de la continuidad de lo real. Es tranquilizador saberse (aunque sea en esto) no tan solo. Cristina ganó en el “Campo”, en todas las clases sociales, en todas las provincias menos en una (gobernada por un personaje fascinante). Pero mesura: hay un porcentaje que es prestado, veleta y todavía falta. Una sonrisa de ironía: el poder mediático es mucho, pero también conoce de límites. Cuando algo hace carne y se vivencia, ¡qué importa lo que nos vienen a contar!

La antipolitica ha sido el prólogo de todos los golpes y las intentonas de golpe de Estado. Por eso la cantidad de gente que fue a votar no puede más que ser un buen signo de los tiempos que vendrán, donde todas las voces sean reconocidas, porque la solidaridad previene todas las guerras simbólicas y reales, porque el camino hacia la igualdad aminora todas las violencias que cometen los desterrados en defensa propia, porque un Gobierno que lanza al  Estado hacia un futuro de autodeterminación junto a sus pares de la región, a contramano de las recetas que nos dividieron y hambrearon en otras épocas, es un Estado que subvierte las reglas por un momento (histórico), como si las leyes del sueño entraran en vigencia durante la vida compartida y cualquier diferencia entre lo real y la realidad fueran un chiste que es contado dentro de otro sueño.

No sucede. Y sin embargo se mueve. 

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En busca de una deontología periodística


Tengo una pequeña obsesión con los medios y con algunas maneras de hacer periodismo. Algún antepasado fue editor del diario más importante de Rosario sin haber terminado el secundario. Pero lo fue gracias a su preparación no sólo en las deshoras del día sino también de la calle. La teoría separada de la praxis es como la Coca Cola light: parece, pero no es.

No me dan los años para haber vivido grandes etapas del periodismo. Pero si algo ha sucedido desde la intentona destituyente de la entelequia llamada “Campo”, ha sido la visibilización de los hilos que cada sector periodístico defiende. Supongo que en la primera clase de la facultad de periodismo se les debe decir a los alumnos que, por ejemplo, la objetividad no existe, que la realidad no es una, que las interpretaciones la moldean y le dan forma. Luego en la segunda que la verdad es la verdad de quien tiene el poder, y si hay una verdad que impone el poder, en esa tensión hay otras verdades que sufren. Ergo, hay muchas verdades y los fenómenos son múltiples y complejos. ¿No?
 
Otra digresión para otra entrada: la metáfora no debe ser la de luz acerca de los hilos que cobraron mayor protagonismo, es mejor que no sea adjetivada de esa manera. Pero eso que sucedió quizás no haya sido de la dimensión que creímos y sólo se esparció sobre un sector acotado de la sociedad. Es una tesis de miedo para pensar con prudencia parte del predominio macrista en la Capital. La luz es un privilegio, lo saben los habitantes de las zonas más pobres y todos aquellos que se hayan encontrado en cuerpo y alma con el discurso de Carrió.

Vuelvo: el caso de Zaffaroni, una acción de un tercero (que no constituye un delito: la prostitución no es un delito, todos lo saben) es manipulada por un medio y reiterada hasta la náusea por sus satélites de radios, televisión y diarios. La repetición genera una sensación, el rumor y su estructura gestáltica se esparce como reguero de pólvora y logra su cometido: toca la imagen. Las imágenes sostienen lo real, y en esta sociedad cada vez más atrapada en el laberinto imaginario, ellas pueden tomarse por verdaderas sin necesidad de comprobación.

Mucha sangre se derramó para que se invierta el peso de la prueba: ahora se asume la inocencia, lo que hay que probar es la culpabilidad. Pensar que antes esto no era así, hiela la sangre. Estar a salvo de las arbitrariedades del poder es una lucha constante, el Estado también (y lo hace) comete injusticias. Pero desatar campañas de este tipo, como advierte el propio damnificado, es el caldo de cultivo para que los censuradores salgan nuevamente a la escena y su discurso represivo cobre protagonismo. Es decir, que una acción con “las mejores intenciones” (desconfíen siempre de esa frase, me recordaré hacer una entrada al respecto) para defender al Juez de la Corte podría tener el efecto contrario, y éste, garantista, tendría que salir a defender los derechos de quienes lo atacan y que como personal individual, seguro pocas ganas tendría.

Los periodistas necesitan un Colegio de Periodistas. Necesitan rendir cuentas. No da lo mismo mentir que no, hablar a boca de jarro que con certezas. La mayoría prueba que son peces que no mueren por la boca. Da la sensación de que no tienen nada para perder, que cualquiera sea la situación, algo se puede decir y nadie los juzgará. Por eso la agitación con 678, programa que está agotado (no en su lógica, pero si en sus protagonistas) y que se erige erróneamente como vara/dedo acusador de sus pares. Estoy de acuerdo en que alguien debe hacerlo, pero no ellos sino un organismo supra. La irritación que provoca el programa no es sino la vieja y estructural condición que hemos hablado: estar sometido al capricho del Otro.Y la ley pacifica.

Por otro lado, no existe equivalencia de fuerzas entre 678 y Clarín, por eso siempre la balanza la inclinaré ante el más débil, a contramano del susurrante Tenembaum y el nabo de Lanata. Por eso Zaffaroni (nuestro Morrissey de las leyes) como representante de la doctrina Jus-Humanista dice lo que dice sin demagogia: la protección es para el más débil, es para el vulnerable, y en el caso de los periodistas es la verdad.

Leyes, colegiaturas, no son censura, el periodismo no es narrativa poética ni ficcional, hay que responder, así como todo adolescente sabe que si se pasa de vivo hay una mano indefinida que lo puede sancionar, bueno, hay que construir y establecer los mecanismos para que haya que dar cuenta llegado el caso. Otras profesiones como la de quien suscribe, tiene en su conciencia que juró por varias leyes, la Constitución nacional, los DDHH y otros, instancias que hay que defender para hacer un país menos injusto. El disciplinamiento no es sólo teórico, acá te vienen a buscar si sos Rímolo.
 
Quizás el periodismo cooptado por la lógica empresarial nunca permita esto. Si no sucede ahora en esta coyuntura, nunca lo hará. Mis amigos periodistas tienen la suerte de no pertenecer a esta lógica y gozan de mi cariño y respeto por la profesión que ilustres hombres supieron moldear sin preparación académica, pero si con ética y deontología del oficio. Yo no la propongo.
 
Lo moral nunca debería meterse en una discusión de este tipo, porque todos tenemos debilidades (y algunos se las verán con su Dios) como escribir y atraer hacia nosotros los ojos de usted, paciente lector que cerrará esta página quizás para no regresar jamás.
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